sábado, 22 de agosto de 2009

Vodka Lemon


De Hiner Saleem (Kurdistán-Armenia, 2003). Dirigida por un kurdo, este film sucede en Armenia luego de la caída del bloque soviético. Los paisajes no son desolados a pesar de tanta nieve. La luz es mucho más intensa que en cualquier selva tropical. Si no de desolación, podemos hablar de devastación por la época en que ocurre la narración: durante la crisis económica producto del drástico fin del estado benefactor comunista. En este contexto, los personajes se han convertido en verdaderos animales glaciales: solitarios, sobreviven a duras penas, pero saben conservar la alegría y, cuando se juntan, su felicidad es intensa. La música de Michel Korb comienza siendo exótica para los oídos de un latinoamericano como el que esto escribe pero termina aclimatándonos al país y a la región. Buena opción para ver en tiempos de devastación económica.

viernes, 8 de mayo de 2009

Purgatorio

Del director sinaloense Roberto Rochín (Ulama, el juego entre la vida y la muerte -1986- y El misterio de los mayas -1994-), Purgatorio es una adptación de tres cuentos de Juan Rulfo: Paso del norte, Pedazo de noche y Cleotilde. La estrategia de Rochín consiste en respetar lo más posible la narrativa de Rulfo (asumiendo un papel de intérprete fiel, autorizado por los celosos herederos del escritor) pero otorgándose al mismo tiempo una gran libertad plástica, pictórica. Para ello, da un tratamiento artesanal a la cinta (que colorea manualmente) con lo que logra crear las atmósferas propias de diferentes etapas de la fotografía de la primera mitad del siglo XX: las postales coloreadas a mano, el blanco y negro de la época dorada del cine mexicano y los tonos propios de la primera aparición del color en el cine. La actuación en Paso del norte deja qué desear (los actores gritan y hablan demasiado rápido), pero es compensada en los otros dos cuentos.

viernes, 1 de mayo de 2009

El rayo verde de Eric Rohmer

Una de las primeras y pocas certezas personales que poseo la escribí en un cuaderno hace 25 años: “No dudar ir al cine”. Significaba que en los momentos de aburrimiento o de tristeza, si me pasaba por la mente la idea de ir al cine debía suspender las vacilaciones, tomar el metro e ir al cine. Era posible en todo momento ir a la Cineteca Nacional o al Cine Pecime porque mi hermano Santiago trabajaba entonces en la Compañía Operadora de Teatros y me había regalado un pase universal para esas y otras salas. Así aprendí que hay un tipo de soledad mortífera y otro saludable, y que nadie debería jamás avergonzarse de ir al cine solo. Hoy, encerrado en una casa casi vacía por causa de una pandemia de influenza, me pregunto si quiero ver o no un filme. Ante la duda, aplico mi antigua recomendación. Me proyecto El rayo verde (Le rayon vert) de Eric Rohmer (Francia, 1986, Ganadora del Festival de Venecia, mi festival favorito). Exactamente al cabo de 98 minutos, la soledad mortífera se transforma de manera repentina en una felicidad intensa, gracias a un fenómeno físico llamado precisamente “rayo verde”. Mi antigua fórmula ha vuelto a funcionar. En El rayo verde, Rohmer utiliza la improvisación de manera perfectamente planificada: los diálogos no pudieron haber sido escritos en el guión tal y como se escuchan, de modo que los actores fueron colocados en la situación propicia para alcanzar una espontaneidad asombrosa. Quizá no todos disfrutarán tanto el filme (parte de mi placer subjetivo al verlo consistió en re-conocer precisos rituales sociales: los veranos en la montaña o en la playa, el gouté a mitad de la tarde para conversar, etc.), más aún si se tienen que leer rápidamente los subtítulos (el filme es menos verboso que sus predecesores de la nouvelle vague, pero hay charlas ágiles). A pesar de todo, estoy prácticamente seguro de que la mayoría reconocerá ahí esa médula espinal que llamamos gran arte. Esta película dialoga de manera explícita con otras dos acerca de mujeres de sectores populares en vacaciones: La Dentellière (de Claude Goretta, Francia-Suiza, 1977) y Párpados Azules (de Ernesto Contreras, México, 2007). Desde luego, lo que quiero decir es que Rohmer debió haber visto el filme de Goretta y que Contreras seguramente conocía alguna o ambas de las películas mencionadas. Para nosotros, espectadores, mirar estas tres una detrás de otra sería una manera de comprender cómo, bajo la supuesta búsqueda de originalidad de la obra de arte en Occidente, en realidad existen diálogos basados en influencias recíprocas y aportaciones consistentes en sutiles transformaciones.

jueves, 23 de abril de 2009

Lloverá sobre Conakry

Cineasta autodidacta nacido en 1960, el guineano Cheick Fantamady Camara es el guionista y director de Lloverá sobre Conakry (Guinea - Francia, 2006). Divertida y profunda, esta película traslapa géneros dramáticos (comedia, tragedia) de manera natural, todo ello dentro del universo cultural de las sociedades contemporaneas musulmanas-animistas y poligámicas de Africa del oeste. La historia es original y redonda: un joven caricaturista político, irreverente y liberal, es designado por su padre para partir en peregrinación a La Meca y luego convertirse en imán. La presión familiar y social lo llevan a considerar seriamente asumir ese fardo ("si no aceptas, tu padre me va a repudiar" le advierte la madre). "Un regalo puedes rechazarlo, no un destino", dice su padre, citando seguramente un adagio. Las circunstancias llevan, sin embargo, a un peculiar enfrentamiento entre el padre-imán y el hijo-liberal y a un desenlace complejo. Desde luego, los diálogos están condimentados con proverbios y aforismos tradicionales, lo que da al cine africano -como al hablar africano- una identidad única (cuando el joven caricaturista pretende hacer una denuncia política, el jefe de la revista justifica la censura: "no decimos durante el día todo lo que pasa durante la noche"; o luego de que la pareja de protagonistas hacen el amor, ella le dice "dicen que no lavarse el sexo luego del amor trae mala suerte", "pues incluso la felicidad trae mala suerte" responde él, "sí, eso decimos" termina ella). La trama también adquiere el ritmo particular que tiene la vida social africana, determinada por complejas relaciones familiares, jerarquizadas, colectivas, impregnadas de misticismo, donde la vida privada y la intimidad de la pareja buscan hacerse un lugar. Las escenas eróticas son bellas y edificantes para quienes han siempre asociado los cuerpos desnudos con el mármol blanco de la escultura clásica y con la palidez occidental. Pudimos ver este filme en la Ciudad de México gracias al festival Africala y éste se proyectará todavía en las salas de la UNAM (Centro Cultural y Chopo) hasta el 26 de abril del 2009 (véase http://www.africala.org/).

domingo, 19 de abril de 2009

Cosas insignificantes

De Andrea Martínez Crowther (México-España, 2009). Tentativa fallida. El guión imita la técnica narrativa del mexicano Guillermo Arriaga, hilando con una temporalidad circular historias paralelas; pero la mera conexión de anécdotas y personajes no arma por sí sola una estructura dramática. Peor aún si la manera de pegar las historias es un símbolo facilón: una caja de objetos poéticos y misteriosos. La directora y guionista se regodea en los símbolos cursis: un niño de la calle intenta recoger un avión de papel pero los autos lo aplastan, nieva ceniza del Popocatépetl en la Ciudad de México como en las películas occidentales sobre Navidad. Por momentos, los diálogos llegan a ser de telenovela: "Mi hijo tiene cinco años y en cinco años no he sabido ser madre". O son perturbardores sin llegar a ser creíbles, como cuando un hombre intenta explicarle a su novia que no puede tener relaciones sexuales desde que descubrió que tiene un hijo, con leucemia por cierto, y ella le responde: "Eres un hijo de puta", fin de la conversación. Quizá la excelente calidad de algunas películas mexicanas recientes (Párpados Azules, Desierto adentro, El Traspatio, etc.) nos ha bienacostumbrado y ahora somos exigentes. Pero si se trata de apoyar al cine mexicano, lo hemos hecho al pagar nuestro boleto de entrada y ahora merecemos desahogar nuestra decepción. Una virtud del filme es la actuación de la niña Paulina Gaitán (Esmeralda).

sábado, 4 de abril de 2009

Backyard (Traspatio)

México, 2008, del director Carlos Carrera (La mujer de Benjamín, El crimen del padre Amaro) a partir de un excelente guión de Sabina Berman. El contexto de la historia está inspirado, entre otros, del libro Huesos en el desierto de Sergio González Rodríguez (2002), pero la historia misma es original y tiene la estructura de una tragedia clásica: su protagonista no es la detective Blanca Bravo (Ana de la Reguera) sino dos obreros indígenas que son al mismo tiempo culpables y víctimas de su destino. De esta manera, Berman logra disfrazar de thriller y de película de acción lo que en realidad es una reflexión más profunda acerca de los asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez. ¿Son éstos producto de la descomposición social en la frontera? Sí, pero no solamente. ¿Está presente algún asesino serial? Sí, más de uno, pero el problema no se reduce a atraparlos. Las explicaciones sociológicas y políticas de esta vergüenza nacional son insuficientes sin el ingrediente humano, es decir, el ingrediente de las pasiones y los odios personales, las decisiones libres que pueden transformarse en fardos fatales. Ni el ex-gobernardor panista de Chihuahua (evocación de Francisco Barrio), ni el crimen organizado son tratados en este filme como villanos de caricatura. Todos los personajes son piezas humanas de un engranaje terrible. Desde luego, no todos son igualmente culpables, pero es necesario que en la sociedad entendamos qué es lo que ocurre realmente en aquella ciudad. Con diálogos en español, inglés y tzeltal, la productora (Berman misma) no cedió a los imperativos comerciales, aunque el resultado sea ágil y lleno de suspenso, de tal modo que se facilita el acceso del gran público (lo cual contribuye, en última instancia, a la causa de "¡Ni una más!", siempre y cuando los espectadores no asumamos el carácter fatalista y pesimista que parece ser consustancial al género trágico). La fotografía de Martín Boege convierte las tomas en Ciudad Juárez en paisajes arquetípicos de la frontera, del capitalismo transnacional y de la vida de los obreros de las maquiladoras. Las actuaciones son magníficas. El realizador, Carlos Carrera, aunque eclipsado por la fama reciente de Cuarón, Iñárritu y Del Toro, fue el niño prodigio del cine mexicano (por su ópera prima La mujer de Benjamín, de 1990, y su Palma de Oro al mejor cortometraje en Cannes, en 1994, por El héroe). Gracias a su oficio en la animación, Carrera es un manierista, un director meticuloso. En resumen, Backyard es un filme de muy buena factura. Pero es ante todo la prueba de que los géneros dramáticos milenarios (la tragedia, la comedia) nos permiten entender aspectos de la realidad humana y social que ni siquiera los documentales más realistas podrían describir.

domingo, 22 de marzo de 2009

La boda de Rachel

Pieza dramática (Estados Unidos, 2008) dirigida por Jonathan Demme (El silencio de los inocentes, Filadelfia, El embajador del miedo) con Anne Hathaway (Kym), Rosemarie DeWitt (Rachel) y Debra Winger. Una joven (Kym) sale de una clínica de rehabilitación para asistir a la boda de su hermana Rachel. A pesar de la inferioridad moral en la que pretenden situarla por su adicción a las drogas, Kym reivindica su lugar en el ritual familiar (exige su puesto como dama de honor, inicia conversaciones delicadas acerca de los tabúes de la familia y rechaza que se deba posponer la confrontación de ciertas verdades en aras de la concordia). Ante la situación de Kym y de su familia, algunos espectadores sentirán ganas de llorar pero apuesto que la mayoría experimentará más bien bochorno o pena ajena (son tan importantes para nosotros los rituales familiares -en particular las bodas- que los aguafiestas generan incomodidad, incluyendo en los convidados del otro lado de la pantalla).
El valor del filme proviene tanto de las actuaciones como de la excelente descripción sociológica de la sociedad estadounidense. Pero no es menos importante la reflexión acerca de tres temas: En primer lugar, el afán de verdad que guía a ciertos disfuncionales, quienes podrían sumarse al esfuerzo colectivo por aumentar la diversión y la armonía colectivas pero, para sorpresa de todos, optan por sanarse a través de una honestidad que raya en el cinismo y la provocación. Muy relacionado con lo anterior está la importancia que para estas personas tiene el reconocimiento de las responsabilidades compartidas (Kym se niega a ser un chivo expiatorio pasivo e incluso se convierte en acusadora, nada menos que de su madre). Finalmente, esta película pone en evidencia la enorme importancia que en las sociedades modernas siguen teniendo algunos rituales solemnes en los que se venera la santidad de la familia y de la amistad, así como la fe colectiva en la pareja.