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domingo, 11 de diciembre de 2011

Vientos de libertad de Ken Loach


La guerra de independencia irlandesa es un ejemplo de conflicto étnico y religioso. Pero se suelen olvidar otros aspectos involucrados. En algún momento, una parte del Ejército Republicano Irlandés (IRA) reivindicó el socialismo. Éste era, creían algunos partidarios, la única manera de emancipar realmente al pueblo irlandés de los latifundistas ingleses, propietarios de gran parte del suelo nacional. La idea de poseer una bandera propia, pero bajo el control económico de los británicos, era inaceptable para algunos líderes. Otros, en cambio, reivindicaban un nacionalismo moderado que llevó a la firma de un tratado de paz Anglo-Irlandés en 1921. La firma de este tratado provocó una guerra civil.
El rompimiento de los nacionalistas irlandeses moderados y los nacionalistas irlandeses socialistas es retratado de manera cruda en este filme, cuyo título en inglés es "The wind that shakes the barley". Obtuvo la Palma de Oro en el Festival de Cannes en 2006. El director es un socialista empedernido: Ken Loach, que lo mismo nos ha dado largometrajes sobre la privatización del sistema ferroviario inglés que sobre la lucha sindical de los trabajadores de la limpieza, principalmente mexicanos, en Estados Unidos.
El filme es una magistral lección de política que puede aplicarse a muchos otros contextos. Ciertamente, el conflicto irlandés ha tenido varias dimensiones: fue, en cierta medida, un resabio de las guerras de religión entre protestantes y católicos que remontan al siglo XVI. También posee un lado étnico innegable, al enfrentar a los irlandeses de origen celta, hablantes de gaélico, con los conquistadores ingleses. Pero, en el siglo XX, la crítica socialista de la religión y del nacionalismo renovó el discurso de resistencia de los irlandeses: su lucha no debía ser por fidelidad al Papa (de hecho, algunos fundadores del movimiento independentista irlandés eran protestantes). Tampoco debían reivindicar una noción racial o étnica cerrada (los escoceses también son de origen celta). La república socialista irlandesa debía ser la vía de la emancipación, porque instauraría la igualdad material entre los habitantes de la isla.
El filme de Loach permite reconocer y distinguir los anteriores registros (religioso, étnico e ideológico), porque a lo largo de éste vemos que la radicalidad suele manifestarse en unos u otros de ellos y luego cambiar. Al inicio de la película, los radicales son los nacionalistas que reivindican una autonomía tradicional (en nombre de la nación irlandesa) y los moderados son quienes anteponen el bienestar material de la población mediante la paz (a pesar de la humillación que representa el dominio británico). Al final, los papeles se han invertido, los moderados son quienes se conforman con la obtención de meros símbolos de independencia (una bandera propia y la salida de los soldados británicos de territorio irlandés) y los radicales son aquéllos que privilegian el bienestar y que exigen más que símbolos, un verdadero gobierno soberano en lo económico y político. ¿Quién tiene razón? Imposible decirlo, pues el riesgo que corrían en 1921 los irlandeses si pretendían instaurar una república socialista vecina de la Gran Bretaña era muy elevado. La Primera Guerra Mundial ya había costado millones de muertos y el Reino Unido quizá no hubiera dudado en agregar algunos más para garantizar su seguridad. ¿Valía la pena correrlo? El director Ken Loach parece insinuar que "sí". Lo cual, dada su trayectoria, no es de sorprender.

domingo, 27 de marzo de 2011

Whatever works (Así pasa cuando sucede) de Woody Allen






Boris Yellnikoff, el personaje principal de este filme, es un físico jubilado, experto en mecánica cuántica y teoría de cuerdas que interpreta la historia del universo como una tragedia. Es, más aún, una evocación de Sileno o una reencarnación de Cioran. Sileno era el genio de las fuentes para los griegos: un anciano calvo, encorvado, borracho y muy feo que montaba un asno. Fue quien le espetó al rey Midas aquello de "lo que debes preferir a cualquier otra cossa es no haber nacido, no 'existir', ser 'nada'. Eso es imposible pero, ahora, lo que más te conviene es morir pronto". Cioran, el llamado "vampiro metafísico", es el filósofo rumano que escribió Del incoveniente de haber nacido, entre otros compendios de maldiciones contra la existencia.
Sin embargo, este filme de Woody Allen es mucho más que una representación cinematográfica de esos caracteres nihilistas, dionisiacos. Lo que fue importante del antiguo mito de Sileno para la cultura griega fue el hacer posible a Homero y ser rebasado por éste. Aquiles, el héroe de la Ilíada, es el personaje que alcanza la gloria en un mundo silénico donde sigue siendo verdad que más valía no haber nacido. De igual manera, a lo que sirve la lectura de Cioran no es a suicidarse arrojándose uno por la ventana, sino a fantasear que al defenestrarnos exista en la acera un peatón al que uno le caiga encima y, de paso, que dicho peatón sea un buen amante.
Woody Allen es un dramaturgo clasicista. Esta película no ignora lo que dice Nietzsche en El origen de la tragedia: "La consolación metafísica, que nos deja, toda verdadera tragedia, [es] el pensamiento de que la vida, en el fondo de las cosas, a despecho de la variabilidad de las apariencias, permanece poderosa y llena de alegría."

miércoles, 19 de enero de 2011

"El concierto" de Radu Mihaileanu


Comedia y melodrama acerca de la cultura y la identidad rusas dirigido por el director rumano Radu Mihaileanu y basado en una historia del chileno Héctor Cabello Reyes y del francés Thierry Degrandi. Sólo esa mezcla de cineastas podía explicarnos de forma tan divertida a Tchaikovsky, al antisemitismo soviético y a los clichés asociados al "temperamento eslavo". Protagonizada por auténticos actores rusos, hablada en ruso, la película gira en torno a la pasión por la música rusa. El filme es muy chistoso y es al mismo tiempo conmovedor para quien se deje. Porque para disfrutarlo hace falta un poco de tolerancia al maniqueísmo característico de las telenovelas, esas series con frecuencia mexicanas que fascinan en Europa del Este (particularmente en Rumania y en Rusia) y en las cuales el personaje principal acaba descubriendo que no es un huérfano abandonado por padres insensibles como creía sino el fruto de un amor sin barreras enfrentado al mal abominable. Si el espectador admite que este tipo de rebuscadas anécdotas propias del melodrama pueden servir de estructura hilarante para la comedia, entonces reira y llorará a la vez. Lo más importante es que detrás de los clichés acerca de los rusos (supuestamente impuntuales, desordenados y bebedores empedernidos), el espectador accederá a algunas verdades profundas de ese pueblo multicultural (el asombroso virtuosismo intuitivo de muchos músicos gitanos, la continuidad entre la cultura popular y las grandes obras de la alta cultura, la melancolía de la música ashkenasí, etc).

lunes, 4 de enero de 2010

¿Por qué me gustó tanto G-Force?


Ví esta película durante un viaje en avión cuando el cansancio físico no me dejaba seguir leyendo la novela The Passport de la rulfiana y más reciente premio nóbel de literatura Herta Müller. Me admira este hollywoodense filme porque para lograr que unos cuyos o conejillos de indias (cavia porcellus) sean super-agentes creíbles (visual y narrativamente) se requiere de un tour de force. Se trata de un divertido delirio que recupera una tradición casi perdida de la animación estadounidense (la de usar como personajes a animales antropomorfos como Mickey o Bugs Bunny y no a ciber-androides, esponjas, pollos rostizados, etc.). Las nuevas tendencias en dibujos animados que echan mano de un imaginario artificial -sin evocar animales o seres reales reconocibles- es en parte un signo de la degradación ecológica (estando a punto de extinguirse guepardos y osos panda, éstos sólo pueden ser personajes de filmes didácticos y angustiados, no de cuentos que hablen de nuestro mundo inmediato). Lo más importante, G-Force tiene un puñado de niveles de lectura posibles (es decir, doble sentido, triple sentido, etc): quien ha visto la crueldad que representan esas esferas de plástico que venden en las tiendas de mascotas y en las que se encierra a los roedores para que se sirvan de ellas como "vehículo", no puede menos que ver las escenas de persecución y choques de G-Force como una sátira. Las anécdotas del filme son, además, referencias a diversos géneros dramáticos: hay aquí menores abandonados que descubren su origen, inventores geniales que le fabrican gadgets a los superagentes pero que en el fondo no son más que científicos locos al servicio de la industria armamentista. Soy partidario de la animaloterapia y de la convivencia responsable de los niños con mascotas y creo que entre los animales y los humanos no existen las diferencias abismales que cree la mayoría de la gente, de modo que comparto la ideología animalista de este filme (no muy lejana de la que está presente en Chicken Run).

jueves, 23 de abril de 2009

Lloverá sobre Conakry

Cineasta autodidacta nacido en 1960, el guineano Cheick Fantamady Camara es el guionista y director de Lloverá sobre Conakry (Guinea - Francia, 2006). Divertida y profunda, esta película traslapa géneros dramáticos (comedia, tragedia) de manera natural, todo ello dentro del universo cultural de las sociedades contemporaneas musulmanas-animistas y poligámicas de Africa del oeste. La historia es original y redonda: un joven caricaturista político, irreverente y liberal, es designado por su padre para partir en peregrinación a La Meca y luego convertirse en imán. La presión familiar y social lo llevan a considerar seriamente asumir ese fardo ("si no aceptas, tu padre me va a repudiar" le advierte la madre). "Un regalo puedes rechazarlo, no un destino", dice su padre, citando seguramente un adagio. Las circunstancias llevan, sin embargo, a un peculiar enfrentamiento entre el padre-imán y el hijo-liberal y a un desenlace complejo. Desde luego, los diálogos están condimentados con proverbios y aforismos tradicionales, lo que da al cine africano -como al hablar africano- una identidad única (cuando el joven caricaturista pretende hacer una denuncia política, el jefe de la revista justifica la censura: "no decimos durante el día todo lo que pasa durante la noche"; o luego de que la pareja de protagonistas hacen el amor, ella le dice "dicen que no lavarse el sexo luego del amor trae mala suerte", "pues incluso la felicidad trae mala suerte" responde él, "sí, eso decimos" termina ella). La trama también adquiere el ritmo particular que tiene la vida social africana, determinada por complejas relaciones familiares, jerarquizadas, colectivas, impregnadas de misticismo, donde la vida privada y la intimidad de la pareja buscan hacerse un lugar. Las escenas eróticas son bellas y edificantes para quienes han siempre asociado los cuerpos desnudos con el mármol blanco de la escultura clásica y con la palidez occidental. Pudimos ver este filme en la Ciudad de México gracias al festival Africala y éste se proyectará todavía en las salas de la UNAM (Centro Cultural y Chopo) hasta el 26 de abril del 2009 (véase http://www.africala.org/).

sábado, 4 de abril de 2009

Backyard (Traspatio)

México, 2008, del director Carlos Carrera (La mujer de Benjamín, El crimen del padre Amaro) a partir de un excelente guión de Sabina Berman. El contexto de la historia está inspirado, entre otros, del libro Huesos en el desierto de Sergio González Rodríguez (2002), pero la historia misma es original y tiene la estructura de una tragedia clásica: su protagonista no es la detective Blanca Bravo (Ana de la Reguera) sino dos obreros indígenas que son al mismo tiempo culpables y víctimas de su destino. De esta manera, Berman logra disfrazar de thriller y de película de acción lo que en realidad es una reflexión más profunda acerca de los asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez. ¿Son éstos producto de la descomposición social en la frontera? Sí, pero no solamente. ¿Está presente algún asesino serial? Sí, más de uno, pero el problema no se reduce a atraparlos. Las explicaciones sociológicas y políticas de esta vergüenza nacional son insuficientes sin el ingrediente humano, es decir, el ingrediente de las pasiones y los odios personales, las decisiones libres que pueden transformarse en fardos fatales. Ni el ex-gobernardor panista de Chihuahua (evocación de Francisco Barrio), ni el crimen organizado son tratados en este filme como villanos de caricatura. Todos los personajes son piezas humanas de un engranaje terrible. Desde luego, no todos son igualmente culpables, pero es necesario que en la sociedad entendamos qué es lo que ocurre realmente en aquella ciudad. Con diálogos en español, inglés y tzeltal, la productora (Berman misma) no cedió a los imperativos comerciales, aunque el resultado sea ágil y lleno de suspenso, de tal modo que se facilita el acceso del gran público (lo cual contribuye, en última instancia, a la causa de "¡Ni una más!", siempre y cuando los espectadores no asumamos el carácter fatalista y pesimista que parece ser consustancial al género trágico). La fotografía de Martín Boege convierte las tomas en Ciudad Juárez en paisajes arquetípicos de la frontera, del capitalismo transnacional y de la vida de los obreros de las maquiladoras. Las actuaciones son magníficas. El realizador, Carlos Carrera, aunque eclipsado por la fama reciente de Cuarón, Iñárritu y Del Toro, fue el niño prodigio del cine mexicano (por su ópera prima La mujer de Benjamín, de 1990, y su Palma de Oro al mejor cortometraje en Cannes, en 1994, por El héroe). Gracias a su oficio en la animación, Carrera es un manierista, un director meticuloso. En resumen, Backyard es un filme de muy buena factura. Pero es ante todo la prueba de que los géneros dramáticos milenarios (la tragedia, la comedia) nos permiten entender aspectos de la realidad humana y social que ni siquiera los documentales más realistas podrían describir.

domingo, 22 de marzo de 2009

La boda de Rachel

Pieza dramática (Estados Unidos, 2008) dirigida por Jonathan Demme (El silencio de los inocentes, Filadelfia, El embajador del miedo) con Anne Hathaway (Kym), Rosemarie DeWitt (Rachel) y Debra Winger. Una joven (Kym) sale de una clínica de rehabilitación para asistir a la boda de su hermana Rachel. A pesar de la inferioridad moral en la que pretenden situarla por su adicción a las drogas, Kym reivindica su lugar en el ritual familiar (exige su puesto como dama de honor, inicia conversaciones delicadas acerca de los tabúes de la familia y rechaza que se deba posponer la confrontación de ciertas verdades en aras de la concordia). Ante la situación de Kym y de su familia, algunos espectadores sentirán ganas de llorar pero apuesto que la mayoría experimentará más bien bochorno o pena ajena (son tan importantes para nosotros los rituales familiares -en particular las bodas- que los aguafiestas generan incomodidad, incluyendo en los convidados del otro lado de la pantalla).
El valor del filme proviene tanto de las actuaciones como de la excelente descripción sociológica de la sociedad estadounidense. Pero no es menos importante la reflexión acerca de tres temas: En primer lugar, el afán de verdad que guía a ciertos disfuncionales, quienes podrían sumarse al esfuerzo colectivo por aumentar la diversión y la armonía colectivas pero, para sorpresa de todos, optan por sanarse a través de una honestidad que raya en el cinismo y la provocación. Muy relacionado con lo anterior está la importancia que para estas personas tiene el reconocimiento de las responsabilidades compartidas (Kym se niega a ser un chivo expiatorio pasivo e incluso se convierte en acusadora, nada menos que de su madre). Finalmente, esta película pone en evidencia la enorme importancia que en las sociedades modernas siguen teniendo algunos rituales solemnes en los que se venera la santidad de la familia y de la amistad, así como la fe colectiva en la pareja.

sábado, 21 de febrero de 2009

Slumdog Millionaire

Un nuevo fantasma recorre el cambiante mundo del cine: el fantasma de Bollywood (la industria del cine hindú) en Hollywood. Escribo esta crítica en la víspera de la entrega de los óscares. Todos hablan de Slumdog Millionaire (2008), titulado en España Perro de tugurio millonario y en México Quisiera ser millonario, del director Danny Boyle, filme basado en el libro Q & A del hindú Vikas Swarup (publicado en castellano por Anagrama como ¿Quien quiere ser millonario? y que Salman Rushdie ha llamado una "chapuza cursi, con una trama que desafía lo creíble"). Aún siendo hollywoodense, la película está inspirada explícitamente en el cine hindú. No me corresponde resumir la historia (la vida de un niño de la calle en Mumbai que alcanza el éxito -dinero, amor y celebridad- por una vía improbable). Me interesa la exitosa fusión del melodrama con el filme sórdido, de humor negro (Boyle es también el director de Trainspotting -1996- que con Pulp Fiction -1993- de Tarantino convirtieron la transgresión moral en moda de fin de siglo). Dicho de otro modo, Boyle se pone cursi sin dejar de ser cínico, provocador y escatológico. Si en Trainspotting filma "el escusado más asqueroso de Escocia", en Slumdog Millionaire tiene la perversión de sumergir en él a un niño. Un caso sintomáticamente inverso de un cursi legendario que buscó alcanzar la sordidez total recientemente es Giuseppe Tornatore, director de Cinéma Paradiso (1989) que luego filmaría La sconosciuta (2006) acerca del tráfico de mujeres y de niños de Europa del Este. Estos filmes sugieren que degenerados como Boyle y Tarantino no son sino moralistas de la calaña de Tornatore y que el género por excelencia de principios del siglo XXI es quizá el cinismo rosa. En este género, especie posposmoderna de melodrama, la vícitma de las peores injusticias es el débil y bueno (tanto en La sconosciuta como en Slumdog Millionaire se trata de niños adorables) quien sólo puede vencer al mal haciéndose una chica o chico duro. El héroe, por lo tanto, debe aprender a matar y mentir, golpear e insultar.
Más allá de esta adscripción a un aire de época, Slumdog Millionaire es sobretodo una deliciosa reflexión epistemológica: si el conocimiento es un saber que tiene respaldo racional (logos), eso no tiene por qué querer decir que el respaldo consista en libros o en educación escolar. Quien conoce algo lo conoce independientemente de ser analfabeta o marginado. Cuando le preguntan a Jamal Malik (Dev Patel) si lee mucho, responde: "sé leer". La verdad no es monopolio de los eruditos, sólo lo es el prestigio que otorga. Contra lo que piensan críticos del calibre de Salman Rushdie, la reflexión propuesta por Boyle y su equipo me parece verosímil aunque esté melodramatizada: existen miles de niños vagabundos que se ganan la vida haciéndola de guías en los centros turísticos y, como dice el dicho, hay una "escuela de la vida" (que siempre ha estado en el primer lugar del ranking mundial de escuelas). Con respecto al amor, el filme es complaciente e idealista: hay supuestamente amores eternos e invencibles (viniendo del director de Trainspotting, ese mensaje es realmente posposmoderno).

miércoles, 17 de septiembre de 2008

¿Qué ver en la época de la criminalidad desatada? Los siete samurais de Akira Kurosawa



Los siete samurais de Akira Kurosawa, Japón (1954).- Este gran filme épico de tres horas es quizá la mejor reflexión que alguien pueda ver acerca de la inseguridad, el crimen y la policía. En el Japón del siglo XVI, un grupo de bandidos (40 como los de Ali-Babá) azota regularmente a un pueblo de campesinos. Los ingredientes de la trama son tan simples (no hay un Estado con una burocracia kafkiana, ni políticos profesionales que traten de usar la inseguridad pública como trampolín, ni un país vecino que sea un gran consumidor de drogas y estimule la producción de éstas, ni una enorme desigualdad económica entre la población) que el filme es en sí una "teoría pura del crimen y de su combate". Los aldeanos tienen unas cuantas opciones a la mano: continuar bajo el yugo de los criminales que los matan y hambrean, o declararles la guerra. El anciano del pueblo recomienda la segunda opción. Se abre entonces una nueva alternativa: combatir solos o contratar a profesionales. Nuevamente, el viejo sabio sugiere contratar 4 samurais. Pero, en la época, la mayoría de los samurais persiguen la gloria o el dinero, no les interesa trabajar en medio de la montaña para un grupo de granjeros sucios y miserables. Este, sin embargo, aunque es un problema difícil de resolver, es sólo una cuestión de implementación. No continúo la sinopsis, concluyo con una breve opinión. Kurosawa muestra que el trabajo del policía, cuando no es un bandido encubierto, es siempre muy ingrato. Incluso en una aldea pobre azolada por el crimen, los policías-héroes ganarán menos que el promedio de la población. La remuneración adicional que puede justificar el que alguien acepte ese trabajo es el reconocimiento social. Las virtudes del policía son propias a cada individuo (disciplina, valor, patriotismo, generosidad, espíritu aventurero, sagacidad, etcétera) y nadie es tan perfecto que pueda reunirlas todas. Se requiere entonces formar un equipo plural. Lo que todos deben compartir es un mínimo sentido de la justicia y del honor, y la identificación con la población. Construir las condiciones para que el reconocimiento social y la formación de un cuerpo de policía eficaz sean posibles es el primer paso para iniciar una batalla responsable contra el crimen. El segundo paso es el más doloroso, se trata de librar literalmente la batalla. En ésta los profesionales (samurais, policías) son indispensables, pero se requiere también del involucramiento y sacrificio de la población. Desde luego, esta obra maestra del cine da para hacer lecturas más elevadas (existenciales, metafísicas, artísticas, etc). La actuación del gran Toshiro Mifune, entreo otros, es fundamental.

sábado, 5 de julio de 2008

Tres filmes que me gustan

Waking life (Despertando a la vida) de Richard Linklater, Estados Unidos (2001).- Lo mejor del cine explícitamente filosófico. Aquí puedes ver la comparación que hace Robert Solomon del existencialismo con el posmodernismo: [10]. Aquí un delirio sobre libre albedrío y ciencia de un filósofo analítico: [11]. Aquí un delirio sobre arte y metafísica de un filósofo posmoderno [12].

La vida de los otros de Florian Henckel Von Donnersmarck, Alemania (2006).- Alemania es el único país que ha conocido el fascismo, el comunismo totalitario y la democracia liberal (todo en un mismo siglo). Del primer periodo, Adolf Eichmann es un caso paradigmático. Funcionario celoso de cumplir con las reglas que se le asignaban, Eichmann fue responsable directo de los transportes de deportados a los campos de exterminio durante la Segunda Guerra Mundial. Del segundo periodo, son casos emblemáticos los agentes de la policía política de la RDA, la Stasi, también celosos aplicadores de la ley. En La vida de los otros, Gerd Wiesler es un capitán de la Stasi que termina por salvar de la represión estatal a un hombre a quien tenía la misión de vigilar. Así, Wiesler encarna un tercer arquetipo normativo de la identidad nacional alemana: el abandono del iuspositivismo ideológico. El iuspositivismo ideológico no solamente distingue al derecho de la moral, como el resto del iuspositivismo, sino que postula además que el derecho debe ser obedecido independientemente de que su contenido sea inmoral. Pero lo que nos ha enseñado la historia política del siglo XX y la historia de Alemania en particular, no es que se deba en todo momento respetar la ley, sino que la ética reside en la consciencia autónoma de cada individuo y que, a veces, nuestra consciencia puede tener objeciones legítimas contra una legalidad injusta.

Ratatouille de Brad Bird y Jan Pinkava (2007).- He visto ratones en varios restaurantes parisinos. Una vez lo señale al mesero y éste me dijo tranquilamente "sí, son ratones, nos conocemos bien". Esta película parte de ese hecho para realizar un divertido homenaje a París y a la cultura culinaria francesa. Los franceses suelen clasificar los sabores con una sutileza maniaca (recuerdo las fromageries y aquellos expendios donde compraba miel, café o vino, debiendo elegir entre decenas de variedades). Quien no entiende esa cultura, tampoco puede entender la lucha de José Bové contra la "malbouffe", es decir, la estandarización de la comida y la muerte del arte culinario mediante la industrialización globalizada. La película también es, como Chicken Run, un discurso animalista. Un aspecto subjetivo que me conmovió casi hasta las lágrimas fue el recuerdo de Akiri, la ratita con la que viví en una covacha parisina durante cinco años.

domingo, 6 de abril de 2008

"Cuscús" o "El grano y la mula" de Abdel Kechiche

El grano y la mula de Abdel Kechiche, Francia, 2007. El mejor cineasta francés es árabe (no lo digo yo, que hubiera sido más preciso: uno de los mejores cineastas europeos es tunesino). Kechiche es actor, guionista y director. Su cámara no está contaminada por el tortuguismo que recorre Cannes, ni por el acelere psicótico que requiere Hollywood para mantener la atención permanente de sus clientes. Por eso y por otras razones más bien políticas, Kechiche no ha ganado ni en Cannes ni en Hollywood, sino en Venecia y en París. Kechiche practica el clasicismo hiperrealista porque sus historias tienen la estructura de una pieza de Racine y la textura de un documental; por ejemplo, El grano y la mula es la improbable y rocambolesca historia de un obrero magrebí transformado en empresario, pero narrada con tanta verosimilitud que no es ni una comedia, ni cine de realismo social, sino... Hay que reconocer, sin embargo, dos trampas: Kechiche descubre/crea pubertas adorables, como Sara Forestier (conócela aquí: [11]) en L'esquive y Hasfia Herzi (es ella: [12]) en El grano y la mula; y, segunda trampa, sus personajes hablan un francés sublime, como sacado de Las mil y una noches, que seduce subliminalmente los oídos