sábado, 14 de octubre de 2017
Guerra cibernética de Mamoru Hosoda
Los hackers no eran "Big Deal" hace poco. Hoy el Internet subterráneo es una gran amenaza para el mundo, escuché decir a Jeannette Wing de Microsoft. Por amenaza se refiere a elecciones intervenidas, GPS desactivados, cuentas bancarias robadas, etc. Una película sobre el tema, para niños, es "Emoji". Una mucho mejor para todas edades es la japonesa "Guerra cibernética" (2009). Se las recomiendo mucho, acabo de descubrirla en DVD. Director: Mamoru Hosoda.
El filme aborda también la estructura de la sociedad japonesa, con los clanes prestigiados, las familias terratenientes y los "geeks" (jóvenes genios de la informática) precarios. La teoría clásica de las clases sociales, de Engels y Marx, se pone a prueba cuando observamos a los descendientes de poderosos samurais convertidos en provincianos con panza cervecera, en policías locales y en solteronas aburridas por la falta de Mundo. Es decir, los terratenientes venidos a menos son una clase media rural bastante frustrada. Pero los urbanos que practican profesiones asociadas a las nuevas tecnologías de la información pueden ser, paradójicamente, aún más precarios. El joven "geek" Kenji Koise agradece a la familia Shinohara por haberlo acogido en Nagano: "Mis padres trabajan todo el día y, por ello, estoy siempre solo. Nunca había estado en una gran comida familiar, ni jugado juegos de mesa en grupo" recuerdo que dice, más o menos. Así, los provincianos a pesar de su aislamiento y de sus bajos salarios suelen tener una calidad de vida que escasea en las nuevas ciudades globales.
viernes, 21 de julio de 2017
La vida de Adèle
Una película erótica dirigida por un árabe heterosexual acerca del amor lésbico, cuyas actrices principales y otros trabajadores reclaman haber sido maltratados durante la filmación ¿Puede ser una referencia en el cine para hablar de las relaciones de género? Sí. Los clásicos no son clásicos porque cumplan una lista de atributos moralmente correctos. Más bien lo son por la pasión perfeccionista de sus autores que, si en la literatura destruyen la vida del escritor (arrojado a la pobreza y al encierro de la escritura), en el cine joden a todo el equipo con exigencias extremas de esfuerzo y de emoción. "La vie d'Adèle" (2013) es la historia de una adolescente que ama durante unos meses a una pintora más madura. Ésta la usa como modelo y musa, luego rompe con ella para seguir su carrera al lado de otra mujer con la que pueda formar una familia y tener más conversación. Emma, la pintora, es una burguesa-bohemia (en la película y en la vida real, como le reclamó el director en la cara a la actriz Léa Seydoux). Adèle es una trabajadora modesta (en la película y en la vida real también, antes de que ganara la Palma de Oro en Cannes por su actuación aquí: Adèle Exarchopoulos). Así, el director Abdellatif Kechiche juega magistralmente con relaciones de clase y género, desde una narrativa extrema (casi porno, se le ha reclamado). Después de ver la película pensé en Frederick Engels. También era un burgués-bohemio que salía con muchachas modestas para hacer carrera intelectual. Su obra maestra, "La situación de la clase obrera en Inglaterra", fue posible gracias a los recorridos que su pareja, una pelirroja obrera irlandesa, le hiciera por los barrios proletarios. E igual en Francia con las "grisettes". E igual de intenso el erotismo (con la irlandesa llegó a ser un "ménage à trois" que escandalizaba a Jenny Marx). Desde el punto de vista formal, este filme me hace entender que gran parte de la genialidad de Kechiche está en el trabajo actoral y de edición, a expensas del guión (ausente en esta obra maestra, según testimonio de las actrices estelares). Las tres horas que vemos son sólo una pequeña parte del material grabado y cuidadosamente seleccionado, porque Kechiche pone en situación a los actores que sólo poseen una vaga idea de la historia y se ven forzados a improvisar, usando su propio lenguaje y sus reacciones naturales.
Exactamente opuesta es la metodología de la última película mexicana que ví: "Almacenados" (2017) de Jack Zagha. Aunque ésta ganara un Ariel por la actuación de Hoze Meléndez, se trata de un apego absoluto a la letra del guión, sin rastro alguno de improvisación (lo que se siente en la naturalidad faltante de los personajes y, a veces, en diálogos que les son extraños). Cuando le pregunté a Jack que qué hubiera cambiado de haber tenido el doble de presupuesto y el doble de tiempo de filmación, me respondió: "Nada". Así le gusta y es legítimo. Su filme es como una buena obra de teatro filmada. En cambio, Kechiche habría grabado muchas horas más y permitido a los actores aterrizar la historia desde sus realidades psicológicas y sociológicas. Así me encanta.
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domingo, 11 de diciembre de 2011
Vientos de libertad de Ken Loach

La guerra de independencia irlandesa es un ejemplo de conflicto étnico y religioso. Pero se suelen olvidar otros aspectos involucrados. En algún momento, una parte del Ejército Republicano Irlandés (IRA) reivindicó el socialismo. Éste era, creían algunos partidarios, la única manera de emancipar realmente al pueblo irlandés de los latifundistas ingleses, propietarios de gran parte del suelo nacional. La idea de poseer una bandera propia, pero bajo el control económico de los británicos, era inaceptable para algunos líderes. Otros, en cambio, reivindicaban un nacionalismo moderado que llevó a la firma de un tratado de paz Anglo-Irlandés en 1921. La firma de este tratado provocó una guerra civil.
El rompimiento de los nacionalistas irlandeses moderados y los nacionalistas irlandeses socialistas es retratado de manera cruda en este filme, cuyo título en inglés es "The wind that shakes the barley". Obtuvo la Palma de Oro en el Festival de Cannes en 2006. El director es un socialista empedernido: Ken Loach, que lo mismo nos ha dado largometrajes sobre la privatización del sistema ferroviario inglés que sobre la lucha sindical de los trabajadores de la limpieza, principalmente mexicanos, en Estados Unidos.
El filme es una magistral lección de política que puede aplicarse a muchos otros contextos. Ciertamente, el conflicto irlandés ha tenido varias dimensiones: fue, en cierta medida, un resabio de las guerras de religión entre protestantes y católicos que remontan al siglo XVI. También posee un lado étnico innegable, al enfrentar a los irlandeses de origen celta, hablantes de gaélico, con los conquistadores ingleses. Pero, en el siglo XX, la crítica socialista de la religión y del nacionalismo renovó el discurso de resistencia de los irlandeses: su lucha no debía ser por fidelidad al Papa (de hecho, algunos fundadores del movimiento independentista irlandés eran protestantes). Tampoco debían reivindicar una noción racial o étnica cerrada (los escoceses también son de origen celta). La república socialista irlandesa debía ser la vía de la emancipación, porque instauraría la igualdad material entre los habitantes de la isla.
El filme de Loach permite reconocer y distinguir los anteriores registros (religioso, étnico e ideológico), porque a lo largo de éste vemos que la radicalidad suele manifestarse en unos u otros de ellos y luego cambiar. Al inicio de la película, los radicales son los nacionalistas que reivindican una autonomía tradicional (en nombre de la nación irlandesa) y los moderados son quienes anteponen el bienestar material de la población mediante la paz (a pesar de la humillación que representa el dominio británico). Al final, los papeles se han invertido, los moderados son quienes se conforman con la obtención de meros símbolos de independencia (una bandera propia y la salida de los soldados británicos de territorio irlandés) y los radicales son aquéllos que privilegian el bienestar y que exigen más que símbolos, un verdadero gobierno soberano en lo económico y político. ¿Quién tiene razón? Imposible decirlo, pues el riesgo que corrían en 1921 los irlandeses si pretendían instaurar una república socialista vecina de la Gran Bretaña era muy elevado. La Primera Guerra Mundial ya había costado millones de muertos y el Reino Unido quizá no hubiera dudado en agregar algunos más para garantizar su seguridad. ¿Valía la pena correrlo? El director Ken Loach parece insinuar que "sí". Lo cual, dada su trayectoria, no es de sorprender.
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domingo, 26 de junio de 2011
El efecto tequila

Divertido largometraje de ficción dirigido por León Serment que, sin ser burdamente didáctico o panfletario, nos recuerda la fiebre de optimismo neoliberal que sufrían muchas familias durante el sexenio de Carlos Salinas. Consumismo desbordado, exceso de confianza en las ganancias a través de la especulación financiera y corrupción de cuello blanco son algunas de las caraterísticas de la época que vemos a través de una tragicomedia clasemediera. Las actuaciones de Karla Souza, Eduardo Victoria y Julián Pastor son excelentes, lo que no significa que todos los personajes sean entrañables. El protagonista (Eduardo Victoria), por ejemplo, es un antipático ejecutivo de una casa de bolsa que acaba por serle insoportable a su padre, a su esposa y a todo el público. Otro desagradable personaje es un vulgar defraudador interpretado por Víctor Civeira. Quizá la mejor secuencia de la película sea el baile "griego" que, borrachos y rodeados de prostitutas, realizan estos dos malandrines.
La construcción de la historia es inteligente y, sobretodo, original. La trama principal es la descripción del derrumbe personal y económico de un individuo debido tanto a su propia deshonestidad como a la presión de un entorno mafioso. Una de las principales virtudes de la película es que describe el mundo de las finanzas de manera realista pero sin los tecnicismos que hacen tan difícil, por citar otro ejemplo reciente, el documental Dinero sucio (Inside Job) de Charles Ferguson.
Viendo esta película mexicana es inevitable preguntarse ¿Qué fue más grave, la crisis financiera desatada a finales de 1994 o la de seguridad que se desencadenó en el sexenio de Felipe Calderón y que sufrimos en estos momentos? El efecto tequila sirve para realizar un interesante ejercicio autorreflexivo y para colocar la noción de "crisis" en su justa dimensión. A principios del sexenio de Zedillo miles de personas perdieron sus viviendas por el incremento desmesurado de las tasas de interés, producto de la catástrofe financiera; en nuestros días, cientos de municipios han perdido la tranquilidad por la guerra de cárteles del narcotráfico, pero la macroeconomía parece sólida. ¿Estábamos mejor antes o ahora? Los autores del filme insinúan al final que poco ha cambiado y que los responsables del "error de diciembre" siguen especulando a la sombra de sus cargos públicos. Pero no es que la teoría del complot guíe la narración, pues el lector tiene la libertad de explicarse por sí mismo las causas de la calamidad mexicana, mediante su propia interpretación de esta excelente película.
domingo, 17 de abril de 2011
El paso suspendido de la cigüeña de Theo Angelopoulos

Angelopulos acababa de alcanzar fama mundial por su película Paisaje en la niebla (1988), ganadora en el Festival de Venecia. Aprovechó esa ola para convocar en 1991 a Marcello Mastroianni y Jeanne Moreau en favor de una causa justa: un filme sobre el conflicto en los Balcanes, sobre las fronteras y los refugiados humanitarios. Grecia estaba recibiendo a miles de migrantes procedentes de Europa del Este y el Medio Oriente. Pero el arte comprometido es el más difícil. El resultado fue mediano. La gran belleza de las imágenes no hace necesariamente una gran historia. En este caso, la estructura compleja del guión (que entrelaza, de un lado, una historia de amor entre un periodista y una joven refugiada con, por el otro, el suspenso de la búsqueda casi policíaca de una desaparición) no se refleja en la narración cuidadosa de la historia. Filme plagado de elipsis, nos preguntamos ¿por qué se involucraron esos dos? ¿qué se dijeron? ¿por qué se separaron?
Hay, sin embargo, aspectos importantes de este filme para la actualidad. En México, se suele hacer cine crítico de la realidad social y política mediante los géneros de la comedia satífica y de la comedia negra (pienso en La ley de Herodes y El infierno de Luis Estrada). Pero la violencia brutal y las masacres cotidianas han llegado a un grado tal que no podemos seguir mofándonos de la realidad.
En la cinta de Angelopoulos, a la inversa del poeta mexicano Javier Sicilia que abandonó la poesía para dedicarse a la lucha política, Mastroianni encarna a un político que renuncia a su profesión en busca de la poesía. Personaje extraño, se trata de un

migrante que viaja a contraflujo de los refugiados, que abandona una vida exitosa para dirigirse siempre hacia paisajes cada vez más injustos y desoladores. Pero el misterio artificial de este filme que, por sus elipsis, es quizá imposible de descifrar, no nos impide reconocer la importancia de que directores consagrados aborden la actualidad política desde su cine "de autor". Cuando la tentativa no se logra completamente desde el punto de vista de la trascendencia formal de la cinta y del disfrute que ofrece al espectador, de todos modos la obra se convierte en una experiencia de "frustración fértil", pues nos invita a tratar de comprender nosotros mismos la interrogante irresuelta acerca de las fronteras, la migración y la guerra.
Para quien desee organizar un ciclo de cine sobre migración, El paso suspendido de la cigüeña de Theo Angelopulos es una presencia obligada junto al reciente Biutiful (2010) de Alejandro González Irrárritu.
lunes, 11 de abril de 2011
Sombras en el paraíso de Aki Kaurismäki

Los sectores populares a veces no saben decir las cosas que saben y que quieren. Mezcla de timidez, de hastío de las palabras o de mera falta de costumbre. Eso ocurre con los protagonistas de este filme, de 1986, del finlandés Aki Kaurismäki. Sin verbalizar su vida y su sociedad desde el diván de un psicoanalista o desde un salón de la universidad, los sectores populares comprenden y se arrejuntan. Una vendedora cortejada por el gerente de la tienda puede adquirir conciencia de clase al leerle la mirada. El chofer de un camión de basura es un especialista de la ciudad, de los materiales y de la psicología de la gente perfumada. Pero para probar lo anterior es insuficiente la sociología y se requiere del cine ¿si no es capital financiero, ni cultural, ni social, cómo se llama la riqueza característica de los desposeídos?
La sonoridad de la extraña lengua finesa, pariente de la húngara, es una diversión adicional. "Kuka muka", oímos decir a un personaje, o sea, "vamos a curarte", según los subtítulos, o "¿quién es más?", según el traductor de Google.
Y la extraña sonoridad del español, concretamente de Guty Cárdenas y su canción "Dile a tus ojos", coincide con el clímax de la narración.
Este filme anticipa en varios aspectos "Un hombre sin pasado" que Kaurismäki escribe y dirige en 2002 y que no sólo obtuvo el Gran Premio del Jurado de Cannes sino que es una de las diez películas, de todos los tiempos, que más me gustan.
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domingo, 27 de marzo de 2011
Whatever works (Así pasa cuando sucede) de Woody Allen

Boris Yellnikoff, el personaje principal de este filme, es un físico jubilado, experto en mecánica cuántica y teoría de cuerdas que interpreta la historia del universo como una tragedia. Es, más aún, una evocación de Sileno o una reencarnación de Cioran. Sileno era el genio de las fuentes para los griegos: un anciano calvo, encorvado, borracho y muy feo que montaba un asno. Fue quien le espetó al rey Midas aquello de "lo que debes preferir a cualquier otra cossa es no haber nacido, no 'existir', ser 'nada'. Eso es imposible pero, ahora, lo que más te conviene es morir pronto". Cioran, el llamado "vampiro metafísico", es el filósofo rumano que escribió Del incoveniente de haber nacido, entre otros compendios de maldiciones contra la existencia.
Sin embargo, este filme de Woody Allen es mucho más que una representación cinematográfica de esos caracteres nihilistas, dionisiacos. Lo que fue importante del antiguo mito de Sileno para la cultura griega fue el hacer posible a Homero y ser rebasado por éste. Aquiles, el héroe de la Ilíada, es el personaje que alcanza la gloria en un mundo silénico donde sigue siendo verdad que más valía no haber nacido. De igual manera, a lo que sirve la lectura de Cioran no es a suicidarse arrojándose uno por la ventana, sino a fantasear que al defenestrarnos exista en la acera un peatón al que uno le caiga encima y, de paso, que dicho peatón sea un buen amante.
Woody Allen es un dramaturgo clasicista. Esta película no ignora lo que dice Nietzsche en El origen de la tragedia: "La consolación metafísica, que nos deja, toda verdadera tragedia, [es] el pensamiento de que la vida, en el fondo de las cosas, a despecho de la variabilidad de las apariencias, permanece poderosa y llena de alegría."
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miércoles, 19 de enero de 2011
"El concierto" de Radu Mihaileanu

Comedia y melodrama acerca de la cultura y la identidad rusas dirigido por el director rumano Radu Mihaileanu y basado en una historia del chileno Héctor Cabello Reyes y del francés Thierry Degrandi. Sólo esa mezcla de cineastas podía explicarnos de forma tan divertida a Tchaikovsky, al antisemitismo soviético y a los clichés asociados al "temperamento eslavo". Protagonizada por auténticos actores rusos, hablada en ruso, la película gira en torno a la pasión por la música rusa. El filme es muy chistoso y es al mismo tiempo conmovedor para quien se deje. Porque para disfrutarlo hace falta un poco de tolerancia al maniqueísmo característico de las telenovelas, esas series con frecuencia mexicanas que fascinan en Europa del Este (particularmente en Rumania y en Rusia) y en las cuales el personaje principal acaba descubriendo que no es un huérfano abandonado por padres insensibles como creía sino el fruto de un amor sin barreras enfrentado al mal abominable. Si el espectador admite que este tipo de rebuscadas anécdotas propias del melodrama pueden servir de estructura hilarante para la comedia, entonces reira y llorará a la vez. Lo más importante es que detrás de los clichés acerca de los rusos (supuestamente impuntuales, desordenados y bebedores empedernidos), el espectador accederá a algunas verdades profundas de ese pueblo multicultural (el asombroso virtuosismo intuitivo de muchos músicos gitanos, la continuidad entre la cultura popular y las grandes obras de la alta cultura, la melancolía de la música ashkenasí, etc).
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domingo, 25 de abril de 2010
Las isla siniestra de Scorsese

Shutter Island (2010), pésimamente re-bautizada en español La isla siniestra, del mejor director estadounidense vivo, Martin Scorsese, es un excelente ejemplo de división del trabajo: está basada en la novela best-seller de Dennis Lehane, con un guión de Laeta Kalogridis. Esto se nota en lo cuidado de todos los detalles, que carecen de caprichos de autor, de lapsos de descuido o de improvisación. Todo aquí es profesional y clásico, con homenajes a Hitchcock (Sospecha) y a Kubrick (El resplandor), aunque por la misma razón abunden los lugares comunes (acantilados, plagas de ratas, etcétera).
¿Se trata de un thriller psicológico o político? Esta pregunta no tiene una respuesta objetiva, toca al espectador tomar partido. En todo caso, aun si el filme fuera un thriller psicológico, habría en él una denuncia sutil de la psiquiatría como ejercicio de policía anatomopolítica (ilustrado por la lobotomía), de policía biopolítica (la farmacoterapia) y de policía egopolítica (en el caso del psicoanálisis como tecnología del yo). Y aun si se tratara de un thriller político en el cual el nazismo y la eugenesia sobrevivientes en el seno mismo del capitalismo de la posguerra fueran los villanos, habría de todo modos una denuncia sutil del inconsciente como mala fe (en términos sartreanos). En efecto, asistimos a la historia de un yo que ha huído de sí mismo por horror, o bien a la narración de los horrores de la experimentación institucional con las personas, que manipula sus yo. Ambas historias están contadas y ninguna de las dos es la verdadera (pues, magistralmente, autor, guionista y director dejan abiertas ambas puertas).
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domingo, 14 de febrero de 2010
Secretos de un matrimonio de Bergman

Secretos de un matrimonio o Escenas de la vida conyugal de Ingmar Bergman (Suecia, 1973) desborda objetividad acerca de algo que no es material y que quizá sea bastante escaso. Para quienes hemos tenido la fortuna de tocar ese algo, esta obra es conmovedora. Esta película parece anticipar al Woody Allen serio, el de Hannah y sus hermanas, entre otros filmes. Bergman es aquí, como Allen apenas unos cuantos años más tarde, un retratista de la pequeña burguesía, un comediante de las costumbres conyugales, un Freud del cine, pero además es un poeta y un filósofo. El humor que tiene Woody y que le falta a Bergman es compensado en el filme por la actuación de Liv Ullmann y sus dientes de conejo (¿acaso anticipa así la moda de Claudia Schiffer?).
La historia de Marianne y Johan es una demostración cinematográfica de que el amor no es lo que la mayoría de la gente cree, pero que existe. Este filme inspiró seguramente 5x2 (o Cinq fois deux) del director francés François Ozon (2004), quien tuvo la idea de contar una historia muy similar, también mediante episodios, pero como retrodicción, es decir, invirtiendo su orden.
lunes, 4 de enero de 2010
¿Por qué me gustó tanto G-Force?

Ví esta película durante un viaje en avión cuando el cansancio físico no me dejaba seguir leyendo la novela The Passport de la rulfiana y más reciente premio nóbel de literatura Herta Müller. Me admira este hollywoodense filme porque para lograr que unos cuyos o conejillos de indias (cavia porcellus) sean super-agentes creíbles (visual y narrativamente) se requiere de un tour de force. Se trata de un divertido delirio que recupera una tradición casi perdida de la animación estadounidense (la de usar como personajes a animales antropomorfos como Mickey o Bugs Bunny y no a ciber-androides, esponjas, pollos rostizados, etc.). Las nuevas tendencias en dibujos animados que echan mano de un imaginario artificial -sin evocar animales o seres reales reconocibles- es en parte un signo de la degradación ecológica (estando a punto de extinguirse guepardos y osos panda, éstos sólo pueden ser personajes de filmes didácticos y angustiados, no de cuentos que hablen de nuestro mundo inmediato). Lo más importante, G-Force tiene un puñado de niveles de lectura posibles (es decir, doble sentido, triple sentido, etc): quien ha visto la crueldad que representan esas esferas de plástico que venden en las tiendas de mascotas y en las que se encierra a los roedores para que se sirvan de ellas como "vehículo", no puede menos que ver las escenas de persecución y choques de G-Force como una sátira. Las anécdotas del filme son, además, referencias a diversos géneros dramáticos: hay aquí menores abandonados que descubren su origen, inventores geniales que le fabrican gadgets a los superagentes pero que en el fondo no son más que científicos locos al servicio de la industria armamentista. Soy partidario de la animaloterapia y de la convivencia responsable de los niños con mascotas y creo que entre los animales y los humanos no existen las diferencias abismales que cree la mayoría de la gente, de modo que comparto la ideología animalista de este filme (no muy lejana de la que está presente en Chicken Run).
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martes, 25 de agosto de 2009
Vals con Bashir
De Ari Folmn (2008, Israel). La visión de los vencidos no siempre monopoliza el punto de vista moral. Algunos vecedores son suficientemente honestos y sensibles para hacerse cargo de sus propios horrores. Este documental en dibujos animados es una espeluznante narración interna no sólo de la guerra de Israel contra Líbano de 1982 sino de la masacre de Sabra y Shatila. Como el director también es un gran artista el resultado es emocionalmente violento para el espectador. Quienes vean el filme pueden concluir que se trata de una exculpación de la responsabilidad directa de los crímenes del Ejército Israelí durante la masacre para atribuir la entera responsabilidad a otros (las falanges cristianas de Líbano). Por falta de conocimientos históricos no puedo juzgar si es así, pero es evidente que para un espectador cualquiera que no conozca los hechos reales el filme no parece complaciente con los soldados israelíes, quienes al menos son señalados como culpables por omisión e, incluso, se insinúa que los altos mandos de ese país pudieran estar aún más implicados en la tristemente célebre matanza. La psicología de los genocidas directos apenas es penetrada (se trata de cristianos libaneses que, según el documental, vengan la muerte de su líder máximo con una saña y resolución desmedidas) porque ninguno de ellos es un personaje importante del filme. De manera similar, los genocidas directos en Acteal o Ruanda suelen ser vistos como indígenas choles o miembros de la etnia hutu que, respectivamente, actuaron como agentes mecánicos e irreflexivos de políticos de más alto rango. Si bien el filme no prueba con testimonios humanos la responsabilidad inmediata de Sharon como quisieran muchos militantes palestinos (como no se logra probar la de Zedillo o del Ejército Francés, como quisieran militantes pro-zapatistas o anticolonialistas en los casos de Acteal y Ruanda), sí logra una mirada profunda a la tragedia. Se trata de un manierismo culpígena, de una ética que adopta el realismo como deber. Algo muy intenso, muy cierto y muy doloroso aporta entonces el arte, con esta obra cinematográfica, al deber de
memoria de los israelíes y de toda la humanidad frente al vergonzoso genocidio de palestinos en Sabra y Shatila.sábado, 22 de agosto de 2009
Vodka Lemon

De Hiner Saleem (Kurdistán-Armenia, 2003). Dirigida por un kurdo, este film sucede en Armenia luego de la caída del bloque soviético. Los paisajes no son desolados a pesar de tanta nieve. La luz es mucho más intensa que en cualquier selva tropical. Si no de desolación, podemos hablar de devastación por la época en que ocurre la narración: durante la crisis económica producto del drástico fin del estado benefactor comunista. En este contexto, los personajes se han convertido en verdaderos animales glaciales: solitarios, sobreviven a duras penas, pero saben conservar la alegría y, cuando se juntan, su felicidad es intensa. La música de Michel Korb comienza siendo exótica para los oídos de un latinoamericano como el que esto escribe pero termina aclimatándonos al país y a la región. Buena opción para ver en tiempos de devastación económic
a.
a.viernes, 8 de mayo de 2009
Purgatorio
Del director sinaloense Roberto Rochín (Ulama, el juego entre la vida y la muerte -1986- y El misterio de los mayas -1994-), Purgatorio es una adptación de tres cuentos de Juan Rulfo: Paso del norte, Pedazo de noche y Cleotilde. La estrategia de Rochín consiste en respetar lo más posible la narrativa de Rulfo (asumiendo un papel de intérprete fiel, autorizado por los celosos herederos del escritor) pero otorgándose al mismo tiempo una gran libertad plástica, pictórica. Para ello, da un tratamiento artesanal a la cinta (que colorea manualmente) con lo que logra crear las atmósferas propias de diferentes etapas de la fotografía de la primera mitad del siglo XX: las postales coloreadas a mano, el blanco y negro de la época dorada del cine mexicano y los tonos propios de la primera aparición del color en el cine. La actuación en Paso del norte deja qué
desear (los actores gritan y hablan demasiado rápido), pero es compensada en los otros dos cuentos.
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viernes, 1 de mayo de 2009
El rayo verde de Eric Rohmer
Una de las primeras y pocas certezas personales que poseo la escribí en un cuaderno hace 25 años: “No dudar ir al cine”. Significaba que en los momentos de aburrimiento o de tristeza, si me pasaba por la mente la idea de ir al cine debía suspender las vacilaciones, tomar el metro e ir al cine. Era posible en todo momento ir a la Cineteca Nacional o al Cine Pecime porque mi hermano Santiago trabajaba entonces en la Compañía Operadora de Teatros y me había regalado un pase universal para esas y otras salas. Así aprendí que hay un tipo de soledad mortífera y otro saludable, y que nadie debería jamás avergonzarse de ir al cine solo. Hoy, encerrado en una casa casi vacía por causa de una pandemia de influenza, me pregunto si quiero ver o no un filme. Ante la duda, aplico mi antigua recomendación. Me proyecto El rayo verde (Le rayon vert) de Eric Rohmer (Francia, 1986, Ganadora del Festival de Venecia, mi festival favorito). Exactamente al cabo de 98 minutos, la soledad mortífera se transforma de manera repentina en una felicidad intensa, gracias a un fenómeno físico llamado precisamente “rayo verde”. Mi antigua fórmula ha vuelto a funcionar. En El rayo verde, Rohmer utiliza la improvisación de manera perfectamente planificada: los diálogos no pudieron haber sido escritos en el guión tal y como se escuchan, de modo que los actores fueron colocados en la situación propicia para alcanzar una espontaneidad asombrosa. Quizá no todos disfrutarán tanto el filme (parte de mi placer subjetivo al verlo consistió en re-conocer precisos rituales sociales: los veranos en la montaña o en la playa, el gouté a mitad de la tarde para conversar, etc.), más aún si se tienen que leer rápidamente los subtítulos (el filme es menos verboso que sus predecesores de la nouvelle vague, pero hay charlas ágiles). A pesar de todo, estoy prácticamente seguro de que la mayoría reconocerá ahí esa médula espinal que llamamos gran arte. Esta película dialoga de manera explícita con otras dos acerca de mujeres de sectores populares en vacaciones: La Dentellière (de Claude Goretta, Francia-Suiza, 1977) y Párpados Azules (de Ernesto Contreras, México, 2007). Desde luego, lo que quiero decir es que Rohmer debió haber visto el filme de Goretta y que Contreras seguramente conocía alguna o ambas de las películas mencionadas. Para nosotros, espectadores, mirar estas tres una detrás de otra sería una manera de comprender cómo, bajo la supuesta búsqueda de originali
dad de la obra de arte en Occidente, en realidad existen diálogos basados en influencias recíprocas y aportaciones consistentes en sutiles transformaciones.
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Rohmer Eric
jueves, 23 de abril de 2009
Lloverá sobre Conakry
Cineasta autodidacta nacido en 1960, el guineano Cheick Fantamady Camara es el guionista y director de Lloverá sobre Conakry (Guinea - Francia, 2006). Divertida y profunda, esta película traslapa géneros dramáticos (comedia, tragedia) de manera natural, todo ello dentro del universo cultural de las sociedades contemporaneas musulmanas-animistas y poligámicas de Africa del oeste. La historia es original y redonda: un joven caricaturista político, irreverente y liberal, es designado por su padre para partir en peregrinación a La Meca y luego convertirse en imán. La presión familiar y social lo llevan a considerar seriamente asumir ese fardo ("si no aceptas, tu padre me va a repudiar" le advierte la madre). "Un regalo puedes rechazarlo, no un destino", dice su padre, citando seguramente un adagio. Las circunstancias llevan, sin embargo, a un peculiar enfrentamiento entre el padre-imán y el hijo-liberal y a un desenlace complejo. Desde luego, los diálogos están condimentados con proverbios y aforismos tradicionales, lo que da al cine africano -como al hablar africano- una identidad única (cuando el joven caricaturista pretende hacer una denuncia política, el jefe de la revista justifica la censura: "no decimos durante el día todo lo que pasa durante la noche"; o luego de que la pareja de protagonistas hacen el amor, ella le dice "dicen que no lavarse el sexo luego del amor trae mala suerte", "pues incluso la felicidad trae mala suerte" responde él, "sí, eso decimos" termina ella). La trama también adquiere el ritmo particular que tiene la vida social africana, determinada por complejas relaciones familiares, jerarquizadas, colectivas, impregnadas de misticismo, donde la vida privada y la intimidad de la pareja buscan hacerse un lugar. Las escenas eróticas son bellas y edificantes para quienes han siempre asociado los cuerpos desnudos con el mármol blanco de la escultura clásica y con la palidez occidental. Pudimos ver este filme en la Ciudad de México gracias al
festival Africala y éste se proyectará todavía en las salas de la UNAM (Centro Cultural y Chopo) hasta el 26 de abril del 2009 (véase http://www.africala.org/).
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Fantamady Camara Cheick,
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domingo, 19 de abril de 2009
Cosas insignificantes
De Andrea Martínez Crowther (México-España, 2009). Tentativa fallida. El guión imit
a la técnica narrativa del mexicano Guillermo Arriaga, hilando con una temporalidad circular historias paralelas; pero la mera conexión de anécdotas y personajes no arma por sí sola una estructura dramática. Peor aún si la manera de pegar las historias es un símbolo facilón: una caja de objetos poéticos y misteriosos. La directora y guionista se regodea en los símbolos cursis: un niño de la calle intenta recoger un avión de papel pero los autos lo aplastan, nieva ceniza del Popocatépetl en la Ciudad de México como en las películas occidentales sobre Navidad. Por momentos, los diálogos llegan a ser de telenovela: "Mi hijo tiene cinco años y en cinco años no he sabido ser madre". O son perturbardores sin llegar a ser creíbles, como cuando un hombre intenta explicarle a su novia que no puede tener relaciones sexuales desde que descubrió que tiene un hijo, con leucemia por cierto, y ella le responde: "Eres un hijo de puta", fin de la conversación. Quizá la excelente calidad de algunas películas mexicanas recientes (Párpados Azules, Desierto adentro, El Traspatio, etc.) nos ha bienacostumbrado y ahora somos exigentes. Pero si se trata de apoyar al cine mexicano, lo hemos hecho al pagar nuestro boleto de entrada y ahora merecem
os desahogar nuestra decepción. Una virtud del filme es la actuación de la niña Paulina Gaitán (Esmeralda).
a la técnica narrativa del mexicano Guillermo Arriaga, hilando con una temporalidad circular historias paralelas; pero la mera conexión de anécdotas y personajes no arma por sí sola una estructura dramática. Peor aún si la manera de pegar las historias es un símbolo facilón: una caja de objetos poéticos y misteriosos. La directora y guionista se regodea en los símbolos cursis: un niño de la calle intenta recoger un avión de papel pero los autos lo aplastan, nieva ceniza del Popocatépetl en la Ciudad de México como en las películas occidentales sobre Navidad. Por momentos, los diálogos llegan a ser de telenovela: "Mi hijo tiene cinco años y en cinco años no he sabido ser madre". O son perturbardores sin llegar a ser creíbles, como cuando un hombre intenta explicarle a su novia que no puede tener relaciones sexuales desde que descubrió que tiene un hijo, con leucemia por cierto, y ella le responde: "Eres un hijo de puta", fin de la conversación. Quizá la excelente calidad de algunas películas mexicanas recientes (Párpados Azules, Desierto adentro, El Traspatio, etc.) nos ha bienacostumbrado y ahora somos exigentes. Pero si se trata de apoyar al cine mexicano, lo hemos hecho al pagar nuestro boleto de entrada y ahora merecem
os desahogar nuestra decepción. Una virtud del filme es la actuación de la niña Paulina Gaitán (Esmeralda).
sábado, 4 de abril de 2009
Backyard (Traspatio)
México, 2008, del director Carlos Carrera (La mujer de Benjamín, El crimen del padre Amaro) a partir de un excelente guión de Sabina Berman. El contexto de la historia está inspirado, entre otr
os, del libro Huesos en el desierto de Sergio González Rodríguez (2002), pero la historia misma es original y tiene la estructura de una tragedia clásica: su protagonista no es la detective Blanca Bravo (Ana de la Reguera) sino dos obreros indígenas que son al mismo tiempo culpables y víctimas de su destino. De esta manera, Berman logra disfrazar de thriller y de película de acción lo que en realidad es una reflexión más profunda acerca de los asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez. ¿Son éstos producto de la descomposición social en la frontera? Sí, pero no solamente. ¿Está presente algún asesino serial? Sí, más de uno, pero el problema no se reduce a atraparlos. Las explicaciones sociológicas y políticas de esta vergüenza nacional son insuficientes sin el ingrediente humano, es decir, el ingrediente de las pasiones y los odios personales, las decisiones libres que pueden transformarse en fardos fatales. Ni el ex-gobernardor panista de Chihuahua (evocación de Francisco Barrio), ni el crimen organizado son tratados en este filme como villanos de caricatura. Todos los personajes son piezas humanas de un engranaje terrible. Desde luego, no todos son igualmente culpables, pero es necesario que en la sociedad entendamos qué es lo que ocurre realmente en aquella ciudad. Con diálogos en español, inglés y tzeltal, la productora (Berman misma) no cedió a los imperativos comerciales, aunque el resultado sea ágil y lleno de suspenso, de tal modo que se facilita el acceso del gran público (lo cual contribuye, en última instancia, a la causa de "¡Ni una más!", siempre y cuando los espectadores no asumamos el carácter fatalista y pesimista que parece ser consustancial al género trágico). La fotografía de Martín Boege convierte las tomas en Ciudad Juárez en paisajes arquetípicos de la frontera, del capitalismo transnacional y de la vida de los obreros de las maquiladoras. Las actuaciones son magníficas. El realizador, Carlos Carrera, aunque eclipsado por la fama reciente de Cuarón, Iñárritu y Del Toro, fue el niño prodigio del cine mexicano (por su ópera prima La mujer de Benjamín, de 1990, y su Palma de Oro al mejor cortometraje en Cannes, en 1994, por El héroe). Gracias a su oficio en la animación, Carrera es un manierista, un director meticuloso. En resumen, Backyard es un filme de muy buena factura. Pero es ante todo la prueba de que los géneros dramáticos milenarios (la tragedia, la comedia) nos permiten entender aspectos de la
realidad humana y social que ni siquiera los documentales más realistas podrían describir.
os, del libro Huesos en el desierto de Sergio González Rodríguez (2002), pero la historia misma es original y tiene la estructura de una tragedia clásica: su protagonista no es la detective Blanca Bravo (Ana de la Reguera) sino dos obreros indígenas que son al mismo tiempo culpables y víctimas de su destino. De esta manera, Berman logra disfrazar de thriller y de película de acción lo que en realidad es una reflexión más profunda acerca de los asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez. ¿Son éstos producto de la descomposición social en la frontera? Sí, pero no solamente. ¿Está presente algún asesino serial? Sí, más de uno, pero el problema no se reduce a atraparlos. Las explicaciones sociológicas y políticas de esta vergüenza nacional son insuficientes sin el ingrediente humano, es decir, el ingrediente de las pasiones y los odios personales, las decisiones libres que pueden transformarse en fardos fatales. Ni el ex-gobernardor panista de Chihuahua (evocación de Francisco Barrio), ni el crimen organizado son tratados en este filme como villanos de caricatura. Todos los personajes son piezas humanas de un engranaje terrible. Desde luego, no todos son igualmente culpables, pero es necesario que en la sociedad entendamos qué es lo que ocurre realmente en aquella ciudad. Con diálogos en español, inglés y tzeltal, la productora (Berman misma) no cedió a los imperativos comerciales, aunque el resultado sea ágil y lleno de suspenso, de tal modo que se facilita el acceso del gran público (lo cual contribuye, en última instancia, a la causa de "¡Ni una más!", siempre y cuando los espectadores no asumamos el carácter fatalista y pesimista que parece ser consustancial al género trágico). La fotografía de Martín Boege convierte las tomas en Ciudad Juárez en paisajes arquetípicos de la frontera, del capitalismo transnacional y de la vida de los obreros de las maquiladoras. Las actuaciones son magníficas. El realizador, Carlos Carrera, aunque eclipsado por la fama reciente de Cuarón, Iñárritu y Del Toro, fue el niño prodigio del cine mexicano (por su ópera prima La mujer de Benjamín, de 1990, y su Palma de Oro al mejor cortometraje en Cannes, en 1994, por El héroe). Gracias a su oficio en la animación, Carrera es un manierista, un director meticuloso. En resumen, Backyard es un filme de muy buena factura. Pero es ante todo la prueba de que los géneros dramáticos milenarios (la tragedia, la comedia) nos permiten entender aspectos de la
realidad humana y social que ni siquiera los documentales más realistas podrían describir.
domingo, 22 de marzo de 2009
La boda de Rachel
Pieza dramática (Estados Unidos, 2008) dirigida por Jonathan
Demme (El silencio de los inocentes, Filadelfia, El embajador del miedo) con Anne Hathaway (Kym), Rosemarie DeWitt (Rachel) y Debra Winger. Una joven (Kym) sale de una clínica de rehabilitación para asistir a la boda de su hermana Rachel. A pesar de la inferioridad moral en la que pretenden situarla por su adicción a las drogas, Kym reivindica su lugar en el ritual familiar (exige su puesto como dama de honor, inicia conversaciones delicadas acerca de los tabúes de la familia y rechaza que se deba posponer la confrontación de ciertas verdades en aras de la concordia). Ante la situación de Kym y de su familia, algunos espectadores sentirán ganas de llorar pero apuesto que la mayoría experimentará más bien bochorno o pena ajena (son tan importantes para nosotros los rituales familiares -en particular las bodas- que los aguafiestas generan incomodidad, incluyendo en los convidados del otro lado de la pantalla).
El valor del filme proviene tanto de las actuaciones como de la excelente descripción sociológica de la sociedad estadounidense. Pero no es menos importante la reflexión acerca de tres temas: En primer lugar, el afán de verdad que guía a ciertos disfuncionales, quienes podrían sumarse al esfuerzo colectivo por aumentar la diversión y la armonía colectivas pero, para sorpresa de todos, optan por sanarse a través de una honestidad que raya en el cinismo y la provocación. Muy relacionado con lo anterior está la importancia que para estas personas tiene el reconocimiento de las responsabilidades compartidas (Kym se niega a ser un chivo expiatorio pasivo e incluso se convierte en acusadora, nada menos que de su madre). Finalmente, esta película pone en evidencia la enorme importancia que en las sociedades modernas siguen
teniendo algunos rituales solemnes en los que se venera la santidad de la familia y de la amistad, así como la fe colectiva en la pareja.
Demme (El silencio de los inocentes, Filadelfia, El embajador del miedo) con Anne Hathaway (Kym), Rosemarie DeWitt (Rachel) y Debra Winger. Una joven (Kym) sale de una clínica de rehabilitación para asistir a la boda de su hermana Rachel. A pesar de la inferioridad moral en la que pretenden situarla por su adicción a las drogas, Kym reivindica su lugar en el ritual familiar (exige su puesto como dama de honor, inicia conversaciones delicadas acerca de los tabúes de la familia y rechaza que se deba posponer la confrontación de ciertas verdades en aras de la concordia). Ante la situación de Kym y de su familia, algunos espectadores sentirán ganas de llorar pero apuesto que la mayoría experimentará más bien bochorno o pena ajena (son tan importantes para nosotros los rituales familiares -en particular las bodas- que los aguafiestas generan incomodidad, incluyendo en los convidados del otro lado de la pantalla).El valor del filme proviene tanto de las actuaciones como de la excelente descripción sociológica de la sociedad estadounidense. Pero no es menos importante la reflexión acerca de tres temas: En primer lugar, el afán de verdad que guía a ciertos disfuncionales, quienes podrían sumarse al esfuerzo colectivo por aumentar la diversión y la armonía colectivas pero, para sorpresa de todos, optan por sanarse a través de una honestidad que raya en el cinismo y la provocación. Muy relacionado con lo anterior está la importancia que para estas personas tiene el reconocimiento de las responsabilidades compartidas (Kym se niega a ser un chivo expiatorio pasivo e incluso se convierte en acusadora, nada menos que de su madre). Finalmente, esta película pone en evidencia la enorme importancia que en las sociedades modernas siguen
teniendo algunos rituales solemnes en los que se venera la santidad de la familia y de la amistad, así como la fe colectiva en la pareja.
sábado, 21 de febrero de 2009
Slumdog Millionaire
Un nuevo fantasma recorre el cambiante mundo del cine: el fantasma de Bollywood (la industria del cine hindú) en Hollywood. Escribo esta crítica en la víspera de la entrega de los óscar
es. Todos hablan de Slumdog Millionaire (2008), titulado en España Perro de tugurio millonario y en México Quisiera ser millonario, del director Danny Boyle, filme basado en el libro Q & A del hindú Vikas Swarup (publicado en castellano por Anagrama como ¿Quien quiere ser millonario? y que Salman Rushdie ha llamado una "chapuza cursi, con una trama que desafía lo creíble"). Aún siendo hollywoodense, la película está inspirada explícitamente en el cine hindú. No me corresponde resumir la historia (la vida de un niño de la calle en Mumbai que alcanza el éxito -dinero, amor y celebridad- por una vía improbable). Me interesa la exitosa fusión del melodrama con el filme sórdido, de humor negro (Boyle es también el director de Trainspotting -1996- que con Pulp Fiction -1993- de Tarantino convirtieron la transgresión moral en moda de fin de siglo). Dicho de otro modo, Boyle se pone cursi sin dejar de ser cínico, provocador y escatológico. Si en Trainspotting filma "el escusado más asqueroso de Escocia", en Slumdog Millionaire tiene la perversión de sumergir en él a un niño. Un caso sintomáticamente inverso de un cursi legendario que buscó alcanzar la sordidez total recientemente es Giuseppe Tornatore, director de Cinéma Paradiso (1989) que luego filmaría La sconosciuta (2006) acerca del tráfico de mujeres y de niños de Europa del Este. Estos filmes sugieren que degenerados como Boyle y Tarantino no son sino moralistas de la calaña de Tornatore y que el género por excelencia de principios del siglo XXI es quizá el cinismo rosa. En este género, especie posposmoderna de melodrama, la vícitma de las peores injusticias es el débil y bueno (tanto en La sconosciuta como en Slumdog M
illionaire se trata de niños adorables) quien sólo puede vencer al mal haciéndose una chica o chico duro. El héroe, por lo tanto, debe aprender a matar y mentir, golpear e insultar.
Más allá de esta adscripción a un aire de época, Slumdog Millionaire es sobretodo una deliciosa reflexión epistemológica: si el conocimiento es un saber que tiene respaldo racional (logos), eso no tiene por qué querer decir que el respaldo consista en libros o en educación escolar. Quien conoce algo lo conoce independientemente de ser analfabeta o marginado. Cuando le preguntan a Jamal Malik (Dev Patel) si lee mucho, responde: "sé leer". La verdad no es monopolio de los eruditos, sólo lo es el prestigio que otorga. Contra lo que piensan críticos del calibre de Salman Rushdie, la reflexión propuesta por Boyle y su equipo me parece verosímil aunque esté melodramatizada: existen miles de niños vagabundos que se ganan la vida haciéndola de guías en los centros turísticos y, como dice el dicho, hay una "escuela de la vida" (que siempre ha estado en el primer lugar del ranking mundial de escuelas). Con respecto al amor, el filme es complaciente e idealista: hay supuestamente amores eternos e invencibles (viniendo del director de Trainspotting, ese
mensaje es realmente posposmoderno).
es. Todos hablan de Slumdog Millionaire (2008), titulado en España Perro de tugurio millonario y en México Quisiera ser millonario, del director Danny Boyle, filme basado en el libro Q & A del hindú Vikas Swarup (publicado en castellano por Anagrama como ¿Quien quiere ser millonario? y que Salman Rushdie ha llamado una "chapuza cursi, con una trama que desafía lo creíble"). Aún siendo hollywoodense, la película está inspirada explícitamente en el cine hindú. No me corresponde resumir la historia (la vida de un niño de la calle en Mumbai que alcanza el éxito -dinero, amor y celebridad- por una vía improbable). Me interesa la exitosa fusión del melodrama con el filme sórdido, de humor negro (Boyle es también el director de Trainspotting -1996- que con Pulp Fiction -1993- de Tarantino convirtieron la transgresión moral en moda de fin de siglo). Dicho de otro modo, Boyle se pone cursi sin dejar de ser cínico, provocador y escatológico. Si en Trainspotting filma "el escusado más asqueroso de Escocia", en Slumdog Millionaire tiene la perversión de sumergir en él a un niño. Un caso sintomáticamente inverso de un cursi legendario que buscó alcanzar la sordidez total recientemente es Giuseppe Tornatore, director de Cinéma Paradiso (1989) que luego filmaría La sconosciuta (2006) acerca del tráfico de mujeres y de niños de Europa del Este. Estos filmes sugieren que degenerados como Boyle y Tarantino no son sino moralistas de la calaña de Tornatore y que el género por excelencia de principios del siglo XXI es quizá el cinismo rosa. En este género, especie posposmoderna de melodrama, la vícitma de las peores injusticias es el débil y bueno (tanto en La sconosciuta como en Slumdog M
illionaire se trata de niños adorables) quien sólo puede vencer al mal haciéndose una chica o chico duro. El héroe, por lo tanto, debe aprender a matar y mentir, golpear e insultar.Más allá de esta adscripción a un aire de época, Slumdog Millionaire es sobretodo una deliciosa reflexión epistemológica: si el conocimiento es un saber que tiene respaldo racional (logos), eso no tiene por qué querer decir que el respaldo consista en libros o en educación escolar. Quien conoce algo lo conoce independientemente de ser analfabeta o marginado. Cuando le preguntan a Jamal Malik (Dev Patel) si lee mucho, responde: "sé leer". La verdad no es monopolio de los eruditos, sólo lo es el prestigio que otorga. Contra lo que piensan críticos del calibre de Salman Rushdie, la reflexión propuesta por Boyle y su equipo me parece verosímil aunque esté melodramatizada: existen miles de niños vagabundos que se ganan la vida haciéndola de guías en los centros turísticos y, como dice el dicho, hay una "escuela de la vida" (que siempre ha estado en el primer lugar del ranking mundial de escuelas). Con respecto al amor, el filme es complaciente e idealista: hay supuestamente amores eternos e invencibles (viniendo del director de Trainspotting, ese
mensaje es realmente posposmoderno).
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